El drama de TV3

Hace un par de años visitamos con un grupo de alumnos de la UAB, donde imparto varias materias como profesor asociado en el Grado de Periodismo, las instalaciones de TV3, Televisió de Catalunya, en Sant Joan Despí. Nos atendió muy amablemente la directora de comunicación que les explicó a los alumnos en qué consistía su trabajo. Y nos advirtió que desde hacía un tiempo (especialmente desde los acontecimientos de septiembre y octubre de 2017 enmarcados en el denominado “procés” hacia la independencia), TV3 estaba de manera permanente en el ojo del huracán. Unos y otros criticaban la línea editorial y la programación de la emisora, para algunos volcada en exceso en favor de la causa independentista y para otros, demasiado pusilánime, poco comprometida.

Después nos acompañaron en una breve gira por la redacción de informativos y los platós de televisión. Una de las alumnas me comentó que no reconocía los decorados de ningún programa, que en realidad en su casa nunca habían visto TV3. Ni tan sólo el Club Super 3 cuando era pequeña. Que sólo veía algunos programas de Telecinco y las series de Netflix. No era el único caso, muy chocante en alumnos de Periodismo nacidos y educados en Catalunya (en el caso de esta alumna en el área metropolitana de Barcelona). Pregunté a otros alumnos y encontré unos cuantos que sí veían TV3 pero apenas algún informativo, “Polònia” y de manera excepcional alguna serie, algún programa de debate o alguna retransmisión deportiva (aunque ahora apenas dispone de derechos sobre las competiciones más importantes), y a menudo a través de Internet, a la carta. El resto del tiempo destinado a ver televisión lo dedicaban a ver series en plataformas de pago o vídeos en Youtube (y a menudo no en el televisor, sino en el ordenador, tabletas o móviles).

Los datos oficiales de Kantar Media, la empresa que mide las audiencias de televisión mediante audímetros colocados en algunos hogares como muestra estadística, indican que TV3 es líder de audiencia en Catalunya desde hace tres años de manera ininterrumpida. El pasado mes de junio, por ejemplo (en julio y agosto desciende el consumo y no son datos representativos), los canales de televisión de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA) sumaron una cuota del 15,7%. Eso supone que el 85% restante de la audiencia de Catalunya vio otros canales, en abierto o de pago, mayoritariamente en castellano (salvo 8TV y algún programa de Televisión Española para Catalunya, con audiencias muy poco significativas). Son datos referidos a la audiencia tradicional en hogares a través del televisor. No al consumo por Internet, que presenta unos datos algo diferentes.

Creo que la discusión recurrente sobre el idioma en que debe emitir TV3, analizado el panorama audiovisual catalán y el cambio absoluto en los usos y consumo de contenidos audiovisuales en especial entre el público joven, no tiene mucho recorrido. Uno de los objetivos fundacionales de la CCMA es la difusión del catalán, y está plenamente justificado que ese sea el idioma habitual de sus programas. Lo que no implica, por supuesto, que no se pueda entrevistar a personajes de actualidad que se expresen en castellano (ni en otros idiomas), o invitar a expertos o profesionales que utilicen la otra lengua cooficial en Catalunya (y en la actualidad, en mi opinión, tan propia de los catalanes como el catalán). O que haya personajes en alguna serie que se expresen en castellano (siempre que eso no implique identificarlos con ciertos estereotipos de clase o de raza) y desde luego considero absurdo doblar películas o documentales producidos originalmente en castellano, aunque hoy en día es fácil acceder al visionado de un programa en versión original, con o sin subtítulos.

Así que el debate sobre la lengua me parece obsoleto. El problema de TV3 no es la lengua, sino los contenidos, su línea editorial. El problema de TV3, y de Catalunya Ràdio, es que se convirtieron en estructuras de estado “avant la lettre” cuando alguien decidió transformarlas en “la radio y la televisión nacional” de Catalunya. El problema de TV3 es que sus directivos y la mayor parte de sus profesionales (incluidos algunos “conversos” que han abrazado la causa para mantener su presencia en pantalla o sus cargos de responsabilidad y sus sueldos) están convencidos de que la mejor salida para Catalunya es la independencia, y de que están prestando un gran servicio al país. Y por ello no tienen ningún rubor en manifestarlo en los perfiles de sus redes sociales, y en trasladar ese (respetable) pensamiento a sus espectadores, sin más disimulo que ofrecer determinadas cuotas de presencia en algunos de sus programas a personas no independentistas para justificar una aparente neutralidad que ni ellos mismos se creen.

El drama de TV3 es que en un momento determinado de la historia apostó por una opción que sólo representaba a una parte de los catalanes y expulsó al resto (de momento siguen siendo al menos algo más de la mitad) que no votan partidos independentistas. TV3 decidió convertirse en instrumento de propaganda sin ningún pudor, es más, con orgullo. Y así, desde el hombre del tiempo, las maquilladoras, los cámaras, las personas de producción, los periodistas deportivos… no tienen inconveniente a menudo en manifestar claramente su apuesta por la independencia como algo consustancial a todos los trabajadores de aquella casa. Los pocos que no se manifiestan o que están en contra, deambulan por los pasillos a la espera de tiempos mejores, rodeados de lazos amarillos repartidos por todas las instalaciones (públicas) de Sant Joan Despí. Trabajar en TV3 equivale, al parecer, a ser independentista. Y eso no refleja la pluralidad de la sociedad catalana, partida en dos mitades desde hace tiempo.

Pero sobre todo, el drama de TV3 es que es una televisión atrapada por un techo de audiencia que no consigue superar. Si recurre al castellano, o si aparece algún opinador de más crítico con el independentismo, su audiencia se queja, amenaza con cambiar de canal o apagar la televisión. Y en cambio, no consigue recuperar al espectador de antaño, al que valoraba sus contenidos de cualidad pero que desertó cuando se percató del bagaje ideológico que de manera persistente pretendían transmitir a su audiencia.

Hoy en día, TV3 parece más bien tener adeptos, antes que no espectadores. Ni siquiera puede ya retransmitir partidos del Barça (que siempre ha sido más que un club y que representa muy bien la pluralidad de Catalunya, aunque haya mucho interés en apropiarse de sus colores por parte del independentismo) para captar nuevos espectadores. Los jóvenes apenas consumen televisión convencional, y un 85% del espectador tradicional catalán de televisión no ve casi nunca TV3, y todo indica que en el futuro esa cifra irá en aumento.

El drama de TV3, y de toda la CCMA, es cómo revertir ese panorama y justificar el alto coste de mantener esa estructura con dinero público (253 millones € en 2020, de los cuales 240 provienen de transferencias directas de la Generalitat) en tiempo de crisis y pandemias. Ese es el verdadero drama de TV3.

José Manuel Silva Alcalde

Periodista y abogado

Profesor universitario UAO/UAB

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