¿Qué pasó, Bernie?

 

Bernie Sanders decidió retirarse de la carrera por las presidenciales del Partido Demócrata el pasado 8 de abril, cuando la pandemia ya había explotado con toda su fuerza en EEUU. El desastroso resultado del Super Tuesday celebrado el 5 de marzo, en el que su rival Joe Biden arrasó en las primarias, fue sin duda un factor decisivo para el abandono.

Pero en realidad, creo que Sanders ya sabía que él nunca podría ser ni candidato ni presidente de los Estados Unidos, y estaba más preocupado por su legado político que por su propia nominación. En especial, ahora que miles de norteamericanos están muriendo en sus casas por no poder pagarse la medicación ni mucho menos sufragarse una estancia en el hospital. La propuesta del “Medicare” para todos, algo que ya intentó sin éxito el presidente Obama (o para ser justos, con un éxito muy limitado), es quizá la gran obsesión de Sanders, y luchará por ello hasta el final.

Veamos. Bernie Sanders ni siquiera es miembro del Partido Demócrata. En 1971 colaboró en la fundación de un nuevo partido, el Partido de la Unión de la Libertad. Bernie siempre ha sido un “outsider”, un independiente. Un activista desde su época universitaria en favor de los derechos civiles, de las minorías raciales y en contra de la cualquier conflicto bélico. Fue objetor de conciencia y se opuso radicalmente a la guerra de Vietnam. Pero nunca fue un hombre de partido, y se enfrentó muchas veces a los demócratas.

Su primer cargo político, la alcaldía de Burlington (Vermont) la obtuvo en 1981 por un estrecho margen de 10 votos ante su rival… ¡demócrata! Su trayectoria como alcalde fue brillante y fue reelegido tres veces derrotando a candidatos republicanos y demócratas.

Años más tarde fue elegido congresista y después senador (hasta la fecha) siempre como independiente. Ha luchado contra el “establishment” de Washington, contra las multinacionales (muchas de las cuales financian al Partido Demócrata) y contra el modelo capitalista. Es un “socialista”, lo que para muchos americanos es equivalente a “comunista”, es decir, casi un traidor a la Nación. Ha votado en contra del comercio de armas, de todas las intervenciones militares de los Estados Unidos en los países del Golfo, de las leyes de inmigración, …

Tampoco su trayectoria personal es muy ortodoxa para alguien que quiere presidir los Estados Unidos de América (salvo que te llames Donald Trump). Se casó y se divorció de su primera esposa. Después tuvo un hijo, Levi Sanders (1969), fruto de su relación con Susan Campbell, con la que no llegó a contraer matrimonio. En 1988 se casó con Jane Driscoll, su actual esposa, que tenía tres hijos de una relación anterior.

Además, Sanders es judío, aunque dice no practicar. Estuvo varios meses en un kibutz en Israel. Nunca ha habido un presidente judío en la historia de los Estados Unidos. Es un dato a tener en cuenta. 

Tras un comienzo triunfal en las primarias, cuando se fueron retirando los demás, se quedó solo ante Joe Biden. Biden es el actual presidente del Partido Demócrata. Exvicepresidente con Obama, y con una larga carrera política siempre vinculada al partido. Cuando Sanders tiró la toalla, Barack Obama, que hasta entonces había hecho “la esfinge”, le dio su apoyo incondicional de manera inmediata a Biden. Obama respetaba la trayectoria de Sanders, pero Biden era sin duda su candidato favorito. Entre otras cosas, porque es el único con posibilidades de derrotar a Trump en las presidenciales. El “endorsement” de Obama, estaba escrito, era para Biden.

En resumen, que Sanders sabía muy bien que tenía pocas posibilidades de ganar las primarias con todo el aparato del partido demócrata en contra y con tantos obstáculos en su currículum. Es cierto que contaba con el voto joven progresista, pero a la vez provocaba pánico en las familias de clase media urbana que votan demócrata por una agenda ideológica concreta, pero que no quieren una revolución que acabe con el sistema económico norteamericano. También renunció a las “super PAC” (el sistema de donaciones para la campaña) y se ha financiado con pequeños donantes. 

La irrupción de la pandemia, por si fuera poco, convirtió la campaña de las primarias en virtual. Y una de las virtudes de Bernie, la empatía con sus votantes, con las minorías, con los más desfavorecidos, se esfumó. No es lo mismo el contacto directo que la campaña a través de pantallas o mensajes en las redes sociales. Y además, hay que invertir mucho dinero.

Sanders, que debió leer a Karl Marx en su juventud, sabe que la historia se repite. Marx escribió que los grandes personajes aparecen en la historia dos veces. La primera como tragedia y la segunda como farsa. Tal vez el primer intento de Bernie en la campaña de 2016 para ser nominado no fuera exactamente una tragedia, tan sólo un fracaso. Pero él ha querido evitar que el segundo fuera una farsa. Por eso suspendió la campaña y decidió abandonar cuando el coronavirus ya estaba matando a tantos compatriotas y su presidente se burlaba de las medidas de seguridad establecidas en todo el mundo o afirmaba automedicarse.

Sanders luchará junto a Biden por universalizar la sanidad en los Estados Unidos, si es que consiguen derrotar a Trump.

Bernie nunca será presidente, tiene 78 años y este era su último tren. Pero tal vez dejará un legado ideológico en el partido demócrata, del que nunca formó parte, que servirá para cambiar algunas cosas que desde la óptica europea nos parecen de sentido común.   

Un sistema social más justo que no deje abandonada a una gran parte de su población.

La respuesta, el primer martes de noviembre. 

José Manuel Silva Alcalde

Abogado y periodista

Profesor de Periodismo UAB/UAO

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